Qué salada el agua

El día 5 de enero por la tarde-noche estaba yo sola tomando tranquilamente un vaso de agua en una terraza de Las Canteras, Gran Canaria, Spain. Acto seguido, apareció derechito hacia mí un señor creo que árabe muy delgado y con pinta de haber trabajado mucho en su vida, ofreciéndome gafas de Sol “Ray Ban” (casi de noche). Insistió en que me las probara y al final cedí, pero no me gustaron, aunque me hizo un buen precio. Se fue rápido hablando en su idioma por donde mismo había aparecido.

Seguidamente, una de las dependientas de la dulcería donde yo estaba sentada, vino, amable y diligente, ofreciéndome una bandeja de enormes dulces de nata y guindas. Los observé, y le dije: -Es que no me gusta la nata, muchacha.-Y se fue con la misma.

Agradezco mucho las ofrendas y ofertas pero, ¿de verdad ustedes creen que necesitamos taaantas taaantas taaantas cosas para ser felices de verdad?

A mí el vasito de agua mineral junto al océano me dio la vida.

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